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Repensando el rol de la tecnología en la educación

Repensando el rol de la tecnología en la educación

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El desarrollo tecnológico ha abierto muchas posibilidades a lo largo de la historia. Los libros permitieron la diseminación de ideas a velocidades y con alcances geográficos impensados. Formas económicas de escritura permitieron que grandes grupos de personas aprendieran a leer y escribir. Sin embargo, en los últimos dos milenios, el progreso tecnológico dentro de las aulas fue marginal. Sin dudas hubo un gran esfuerzo inclusivo, muchos países erradicaron el analfabetismo. Ahora es el momento de dar el siguiente paso, sólo que esta vez no debe ser cuantitativo sino cualitativo.

Internet se ha convertido en una pieza fundamental de la infraestructura moderna. Ya no son sólo carreteras y puertos los que nos permiten conectarnos, sino un entramado casi imperceptible de cables subterráneos y submarinos que transportan unos y ceros incesantemente. Si bien hoy en día el acceso a Internet es casi universal en los países más ricos y está creciendo exponencialmente en los demás países, aún no ha penetrado en las aulas como lo ha hecho en otros ámbitos. Uno de los mayores desafíos es que internet es sólo el substrato, el desarrollo tecnológico importante es el que se construye sobre él.

Uno de los proyectos educativos quizás más exitosos de la última década es la llamada Khan Academy. La premisa es simple y muy cautivadora: Educación de calidad accessible para toda la humanidad. A efectos prácticos se trata de una colección muy exhaustiva de videos sobre infinidad de temas, orientados a diferentes niveles educativos y en varios idiomas. Hay mucha gente que propone este tipo de sistema de educación bajo demanda, donde el rol tradicional del docente se traslada a un ámbito virtual y el aula se transforma en un espacio de puesta en común, de ejercitación. Este esquema es fácil de expandir porque de repente un (buen) docente tiene acceso a un número ilimitado de estudiantes.

El modelo del Khan Academy también existe con la forma de los llamados MOOCs, cursos online masivos. La mayor diferencia es que Khan Academy es pasivo, son los estudiantes los que deben transitar el material, mientras que un MOOC tiene la estructura de un curso más o menos tradicional (contenidos con una agenda, trabajos para entregar, etc.) sólo que a través de internet logra ser accesible a escalas sin precedentes y sin restricciones geográficas. Muchas universidades usan el modelo de MOOC para darle acceso a estudiantes de todo el mundo a las clases que de otra manera habrían estado limitadas a un grupo muy reducido de personas.

En ambos casos, el del Khan Academy y el de los MOOCs, la disrupción es sólo una cuestión de escala, no de forma. Internet permite abaratar los costos, porque en vez de tener docenas de docentes generando contenidos y estrategias, una sola persona puede hacer todo el trabajo. Pero este es sólo el primar paso de lo que la tecnología permite. Una vez que los docentes (o por lo menos una parte de ellos) estén libres del peso de preparar y dar clases frente a un grupo de estudiantes, podrían centrar todas sus energías en otros aspectos pedagógicos, liderando un cambio de paradigma educacional.

La tecnología hoy en día nos permite mucho más que tener acceso a videos grabados. Muchos de nosotros llevamos en nuestros bolsillos cámaras con mucha más resolución que las cámaras a bordo de satélites que hicieron grandes descubrimientos. La óptica de los celulares es de una calidad que habría sido impensable para Galileo o van Leeuwenhoek. Tenemos sensores para medir temperatura, aceleración, sonidos. Podemos detectar los latidos del corazón, medir actividad cerebral, controlar el crecimiento de plantas. Una máquina que cuesta un tercio de un iPhone puede fabricar en tres dimensiones cualquier forma que le digamos.

El hardware para generar cambios de paradigma existe, no hay que buscarlo muy lejos. Ese fue durante mucho tiempo el principal cuello de botella para pensar en soluciones. Pocas escuelas podían permitirse una fragua para poder enseñar metalurgia. Hoy en día podríamos repetir los experimentos de caída libre de Galileo y Newton usando cámaras y relojes de gran precisión. Si buscamos clases de física en Khan Academy, por ejemplo, todo el contenido es puramente teórico. No hay ningún nexo con la realidad, siempre se trata de dibujos sobre un fondo negro, con flechas y muchas ecuaciones.

Hoy en día la tecnología bajó la barrera de ingreso a lo que se conoce como la educación científica basada en indagación (ECBI). Esencialmente esto se debe a que los costos para realizar experimentos en el mundo real se redujeron drásticamente. Un microscopio como el Foldscope, se puede conseguir por unos 2 dólares (como comparación, una pelota de fútbol puede fácilmente costar cerca de 8 dólares). Muchas observaciones astronómicas no requieren más que dos palos de escoba, una tiza para dibujar en el suelo y paciencia. Este, creo, es el cambio de paradigma más importante que la educación deberá llevar adelante este siglo. La falta de contacto con la realidad es la que nos lleva a situaciones de intolerancia, de sesgos, de poco respeto por el medio ambiente.

La baja adopción de prácticas educativas fundadas en la indagación, no se debe exclusivamente a costos materiales, sino a la falta de incentivos e infraestructura que faciliten la práctica[@furman2020Aprender ciencias en las escuelas primarias de América Latina]. Además, las prácticas por indagación requieren un mayor esfuerzo docente y más tiempo. Esto quiere decir que si bien no se necesitaría un gran desembolso de capital para materiales físicos, se deben contemplar grandes cambios a nivel de recursos humanos y organizativos. Mientras los parámetros que se usen para juzgar resultados sean basados en contenidos y no en habilidades, no habrá forma de incentivar a docentes, alumnos y a la sociedad en su conjunto para generar un nuevo modelo.

Es en este punto es donde el rol de la tecnología para generar un cambio de paradigma es fundamental, pero aún no se ha encontrado la manera. Por un lado se puede liberar a los docentes de tareas que pueden ser externalizables, como generar contenido, material y recorridos pedagógicos. Se podría contar con repositorios de ideas que se adapten a las realidades locales y que se vayan puliendo, ampliando, mejorando en el tiempo. Se podrían generar incentivos para que los propios docentes retroalimenten el repositorio con ideas nuevas.

También se puede vislumbrar un camino en el que el rol docente deja de ser el de impartir una clase, de transmitir conocimiento frente a un grupo. Un video o una actividad inmersiva, que pueda ser consumida a ritmos diferentes por diferentes estudiantes, está ya disponible. El siguiente paso es quitar el peso de tener que generar material e ideas continuamente. El rol docente, entonces, puede transformarse en uno de acompañamiento, de atención de necesidades individuales, resolución de conflictos, contención emocional. Con más tiempo para dedicarle a cada estudiante, el impacto que se puede generar es mucho mayor. Y esto es sin siquiera haber contemplado un cambio en la cantidad de alumnos por docente.

Aún no exploramos el rol que la tecnología realmente puede tener dentro del aula. El cambio no se trata sólo de cambiar la forma de trabajo de los adultos, en sustituir a una persona por una pantalla. El cambio se puede generar a través de la interconexión de gente, proyectos, ideas. Por ejemplo, el Proyecto Heratóstenes se centra en medir el radio de la Tierra mediante observaciones de la posición del Sol. Pero para poder llevarlo adelante, se necesitan los datos de dos lugares geográficamente distantes, tomados el mismo día. Dos grupos de estudiantes, en dos escuelas diferentes deben realizar la misma medición e intercambiar datos. Este proyecto que de alguna manera es trivial de realizar hoy en día, requiere un nivel supra-escolar que permita la organización.

Un primo distante, la primera vez que lo conocí, me preguntó si en Buenos Aires había palomas y lucían como las de Livorno, su ciudad en Italia. Primero me reí de la pregunta, pero a la distancia entiendo el valor subyacente que tenía. Serán las casas iguales, comeremos la misma comida, tendremos los mismos problemas. La globalización nos permite acceder a un producto de una fábrica situada del otro lado del mundo en cuestión de semanas. Pero poco sabemos sobre cómo luce el paisaje, las casas, las escuelas en esos lugares. ¿Tendrán palomas? Y lo mismo sucede entre niños de barrios marginales y barrios afluentes en la misma ciudad. Estudiar si los charcos de agua de la plaza tienen las mismas bacterias en una u otra parte de la ciudad sólo requiere creatividad.

Si hoy yo tuviera que responder la pregunta sobre qué rol me gustaría que la tecnología tuviera en la educación, sin dudas respondería que el intercambio de ideas. No hay nada más poderoso que poder ponernos en los zapatos de los demás. Si poder ver la cara de Malala Yousafzai fue movilizante para mí, no puedo dejar de imaginar cómo sería para un estudiante de secundario de algún país europeo trabajar en un proyecto colaborativo con alguien que cuenta que en sus aulas no hay mujeres. O alguien en América del Sur que quiere entender si las estrellas por la noche son iguales que en América del Norte. Si es verdad que las mariposas monarca, cuando emigran de México aparecen unas semanas después en Canadá. Finalmente podremos averiguar a dónde van a parar las oscuras golondrinas de Bécquer.

La tecnología nos permite pensar completamente fuera de los cánones existentes. Poder escribir en arcilla ayudó a disminuir el analfabetismo. Poder copiar y enviar libros aunque a escalas mucho menores que las de hoy en día, ayudó a esparcir ideas y conocimiento que de otra manera habrían estado limitados a un par de decenas de oyentes. Hoy tenemos acceso a una nueva herramienta que nos permite intercambiar ideas aún más fácilmente. La pregunta es cómo la vamos a utilizar para generar un salto cualitativo en los modelos educativos. Las ideas están circulando, las herramientas existen y son accesibles. Sólo falta catalizar el cambio.


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